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Cuando hablamos de energía en el hogar, casi siempre pensamos en la electricidad: focos, refrigeradoras, televisores o cargadores. Sin embargo, existe un consumo silencioso que pasa desapercibido y que tiene un impacto enorme tanto en la economía como en el medio ambiente: el calentamiento del agua.
En países como Estados Unidos y Europa, los calentadores de agua representan aproximadamente el 20 % del consumo energético total de una vivienda. En Japón, esta cifra puede acercarse al 30 %. Aunque en Ecuador no solemos medirlo de la misma forma, el consumo energético para calentar agua también es significativo, solo que está oculto detrás del subsidio al gas.
Este detalle cambia por completo la percepción del problema, pero no su magnitud real.
En Ecuador, el gas licuado de petróleo (GLP) está fuertemente subsidiado. Esto ha permitido que millones de hogares accedan a energía barata durante décadas, pero también ha generado una distorsión estructural:
Mientras el gas sea barato, el calentador solar se ve como un lujo. No como lo que realmente es: infraestructura básica de eficiencia energética.
El problema es que ese gas no es gratis. El Estado lo importa, lo subsidia y lo paga con recursos públicos. Es decir, lo pagamos entre todos, aunque no lo veamos en la factura mensual.
Ecuador se encuentra sobre la línea ecuatorial. Esto significa algo fundamental desde el punto de vista técnico:
Desde una perspectiva estrictamente técnica, Ecuador es uno de los países más aptos del mundo para el uso de calentadores solares de agua. Incluso en ciudades como Quito, Cuenca o Loja, donde las temperaturas son más bajas, los sistemas solares térmicos funcionan de manera eficiente cuando están bien dimensionados.
Entonces, ¿por qué su adopción sigue siendo baja?
Los calentadores solares de agua no son una tecnología nueva. Se utilizan de forma masiva desde hace décadas en países como Israel, donde más del 80–90 % de las viviendas cuentan con uno. La diferencia no está en el clima ni en la capacidad técnica, sino en el modelo energético.
Israel entendió algo clave tras sus crisis energéticas:
Calentar agua con combustibles fósiles es un desperdicio.
Por eso, desde los años 80, la instalación de calentadores solares en viviendas nuevas pasó de ser una opción a ser una obligación. Hoy, el agua caliente solar es algo tan normal como tener un tanque o una ducha.
Ecuador, en cambio, sigue apostando por un sistema donde la energía barata frena la innovación y la eficiencia.
La mayoría de calentadores de agua en Ecuador funcionan con gas. Ese gas, al quemarse, genera emisiones de CO₂ que contribuyen directamente al cambio climático. Aunque a nivel individual parezca insignificante, el impacto acumulado es enorme.
Según Project Drawdown, una de las iniciativas globales más importantes en mitigación climática, la adopción masiva de calentadores solares de agua podría evitar hasta 14 gigatoneladas de emisiones de CO₂ para el año 2050.
Para ponerlo en contexto:
Esto demuestra que el agua caliente no es un tema menor, sino una de las palancas más poderosas de la transición energética.
Curiosamente, en Ecuador los calentadores solares ya se usan de forma eficiente en ciertos sectores:
En estos casos, el ahorro es evidente y el retorno de inversión suele estar entre 2 y 4 años, incluso con gas subsidiado. Cuando el consumo es alto, la lógica económica se impone.
Esto confirma algo importante: cuando el subsidio deja de ocultar el problema, la solución solar aparece de inmediato.
Existen dos factores que pueden transformar radicalmente el uso de calentadores solares en Ecuador:
Cada vez que se discute una reducción o focalización del subsidio, el interés por alternativas solares aumenta. Si el costo real del gas se refleja en el consumo, el calentador solar deja de ser opcional.
Instalar un calentador solar en obra nueva es mucho más barato y eficiente que hacerlo después. Cada vivienda que se construye hoy sin este sistema es una oportunidad perdida durante los próximos 20 o 30 años.
Ecuador no tiene un problema de sol, ni de tecnología, ni de capacidad técnica. Tiene un problema de incentivos mal alineados.
El día que el país entienda que:
el calentador solar dejará de verse como un accesorio y pasará a ser lo que siempre debió ser: infraestructura básica para un país moderno, eficiente y sostenible.
La forma en que calentamos el agua no es un detalle.
Es una decisión energética, económica y ambiental de largo plazo.
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